Meditaciones Matinales
De Amigos Adventistas
Cada día con Dios - Elena G. de White
Hoy es Lunes 20 de octubre del 2014
 

AGUA DE VIDA

Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. Juan 4: 10.

Este mensaje es para nosotros tan ciertamente como lo fue para la mujer de Samaria. Viene resonando a través de los siglos: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tu le pedirías, y él te daría agua viva". Graben esto en sus mentes. Cada alma debe llegar a comprender su necesidad espiritual. . .
¡Cuántos hay que no conocen el don de Dios! Hablan de la verdad, del cielo y la religión, de la fe, pero no conocen nada de esto. No tienen un conocimiento experimental de lo que significa la fe, de lo que es confiar en Dios, y de lo que es beber diariamente del agua de vida.
Puede ser que haya alguien. . . que tenga sed del agua de vida y que diga: "¡Oh, si pudiera encontrarla! Miro a la derecha y no está allí; miro a la izquierda y no la encuentro. Miro hacia adelante y hacia atrás y no puedo encontrar a mi Salvador". ¿Quieren saber cómo encontrarlo? Acudan a él tan necesitados y desvalidos como están, con la sencillez de un niñito, con la confianza que éste tiene en sus padres, y pídanle al Salvador que se compadezca de ustedes en su gran necesidad. Díganle que necesitan el agua de la salvación. . .
A menos que bebamos del agua que Cristo da, no podremos mejorar nuestra situación ni la de los que nos rodean. Sólo si recibimos esa gracia que Jesucristo puede dar y que anhela concedernos, se podrán satisfacer las necesidades de las almas que están por perecer. . .
Ésta mujer no conocía a Cristo, no porque fuera samaritana, porque él había venido a salvar tanto a los samaritanos como a los judíos. Para Jesús no hay casta ni pueblo escogido. Vino a quitar el pecado del mundo. Está dispuesto a hacer esto por todos, judíos o gentiles, y esto lo debe hacer por nosotros antes que podamos entrar en el cielo. Debemos permitirle que quite nuestros pecados porque en él no los hay. El es quien carga con nuestros pecados (Manuscrito 18, del 19 de octubre de 1895).