Meditaciones Matinales
De Amigos Adventistas
Cada día con Dios - Elena G. de White
Hoy es Jueves 21 de agosto del 2014
 

EL PELIGRO DE LA DUPLICIDAD

El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos. Sant. 1: 8.

Hay quienes están dispuestos a servir a Cristo con tal de que se puedan servir a sí mismos también. Pero esto no puede ser. El Señor no acepta cobardes en su ejército. No puede haber nada que debilite. Los seguidores de Cristo deben estar listos para servir en todo momento y de todas las maneras requeridas. Dios sólo aceptará hombres que sean de corazón leal, de mente equilibrada y cabales. "El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama" (Mat. 12: 30).
Muchos han tratado de ser neutrales en medio de la crisis, pero han fallado en su propósito. Nadie se puede mantener en terreno neutral. Los que traten de hacerlo cumplirán las palabras de Cristo: "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mat. 6: 24). Los que comienzan su vida cristiana a medias, no importa qué intenciones tengan, se encontrarán finalmente de parte del enemigo.
Los hombres y las mujeres de doblado ánimo son los mejores aliados de Satanás. No importa cuán favorable sea la opinión que tengan de sí mismos, su influencia será debilitante. Todos los que son leales a Dios y a la verdad deben mantenerse firmemente de parte de lo recto porque es recto. Unirse en yugo con los que carecen de consagración y a la vez ser leales a la verdad, es sencillamente imposible. No nos podemos unir con los que se sirven a sí mismos, con los que ponen en práctica planes mundanos, sin perder nuestra relación con el Consejero celestial. Podemos recuperarnos de las trampas del enemigo, pero saldremos magullados y heridos, y nuestra experiencia se empequeñecerá. "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios" (Sant. 4: 4).
"El que ama su vida, la perderá" (Juan 12: 25). Cuando el hombre pierde el escudo de una buena conciencia, sabe que ha perdido la colaboración de los ángeles celestiales. Dios no obra en él. Otro espíritu lo inspira. Y ser apóstata, traidor a la causa de Dios, es peor que la muerte: Implica la pérdida de la vida eterna (Manuscrito 87, del 19 de agosto de 1897, "Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución").